Mi práctica en las artes plásticas aborda la imagen como un campo inestable, atravesado por el desgaste, el error y la imposibilidad de fijar una identidad. A través de pintura, dibujo y técnicas mixtas, construyo figuras que aparecen y se erosionan simultáneamente, como si la imagen estuviera siempre en un proceso de corrección y pérdida. Las figuras no se afirman: emergen, se alteran y se desvanecen, como presencias en tránsito.

Más que representar cuerpos o rostros, trabajo sobre su disolución. Los rostros no funcionan como retratos, sino como superficies de inscripción: zonas donde el gesto, la mancha, el borrado y la deformación insisten sobre una presencia frágil. La materia pictórica opera como una imagen dañada, arrastrada, incompleta, interferida, en la que cada corrección deja rastro. Más que afirmar una forma, el trabajo expone su inestabilidad y entiende la imagen como algo que resiste fijarse y permanece siempre en tránsito.